Investigación y creación de archivo: Arte integrado en Chile y la experiencia creativa del colectivo DI 1969-1973.

Investigadoras Stella Salinero y Mónica Salinero

Proyecto Financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, Fondar regional convocatoria 2015

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Taller  y Trabajo

colaborativo

Un lugar importante para la reflexión sobre lo que constituyó el DI como colectivo artístico en la escena chilena de los años 60 y principios de los 70, fue el modo en que pensaron su quehacer como una práctica encarnada en un espacio de trabajo específico: el taller. De este modo, consideramos que el taller como unidad básica de producción de obra nos puede revelar ciertas claves del pensamiento y del trabajo concreto del DI.

 

Una de las características dentro del taller del DI fue la convivencia de la individualidad del artista y del trabajo colectivo. Consideramos este punto primordial para el éxito de sus obras, dado por la primacía del sentido creativo del grupo cristalizado en la figura del taller, en el espacio común de trabajo donde emergen, se discuten, se proyectan y se realizan las obras. Hemos podido conocer cómo era el interior del taller del DI por lo que nos han contado Eduardo Martínez Bonati y Angélica Quintana. Nos ha sorprendido que la dinámica no se distancia (sustancialmente) de los modos tradicionales del funcionamiento de un taller de artista. Sin embargo, de acuerdo a lo que nos explica Bonati éste se modificaba según el tipo de obra, es decir, se adaptaba a las diversas necesidades que surgían de los proyectos individuales utilizando y explorando diferentes modos de trabajo. Por ejemplo, recuerda cómo surgió la idea de la obra para la exposición Las 40 medidas que se realizó en 1971 en el Museo de Arte Contemporáneo, la que consistió en la representación plástica de las primeras 40 medidas comprometidas y realizadas por el gobierno de la Unidad Popular en su primer año de gobierno.

 

“Para hacer esas cosas se operaba así: se sentaba el Carlos por ahí y el Iván por acá y a mí me tocaba pasear, pasear e ir soltando ideas. (...). Entonces, el modo de actuar de ellos era cómico, porque se reían a carcajadas ¡qué pésimo! ¡qué horrible! y yo tenía que dar vuelta y vuelta e ir soltando ideas y de repente empezaban a salir ideas más o menos mejores, hasta que salió la del cubo. En el momento que la solté, sabía que era la ideal. Los quedé mirando y se quedaron callados. -Ah bueno yo puse la idea, ustedes ponen las manos- (risas).

El carácter lúdico de la obra el Cubo requería otra forma de operar: lo que hoy se conoce popularmente como brainstormig, o lluvia de ideas. Este término muy popular en diversos ámbitos, se dirige a potenciar la capacidad creativa grupal señalando que en un ambiente relajado e informal, como el que nos presenta Bonati en su relato, las ideas pueden ir fluyendo libremente y ser más efectivas que trabajando por separado, en un espacio jerárquico e inminentemente individual. Mientras más ideas se volcaban sobre el tema, más cerca se llegaba a la solución de la forma. Finalmente, luego de ir depurándolas decidieron construir un cubo de 2.30 mt. de alto y 2.30 mt. de ancho, con diversos personajes en cada una de sus cuatro caras internas: un cura, un militar, un león, un nudista, un ángel, señoras y señores desnudos -la burguesía-, e incluso en la parte inferior hicieron un agujero para un perro. Estos personajes tenían los rostros recortados de modo que quién estuviese afuera y quisiera mirar, estuviera obligado a pasar a formar parte del cubo, prestando su propio rostro a alguno de los personajes. La obra implicaba un juego de roles para una época donde dichos personajes tenían un papel importante.

El taller permitió el trabajo colectivo y la comunicación entre los artistas, en el sentido que debieron aprender a comprender lo que los otros querían expresar y crear para que las soluciones e ideas se generaran satisfactoriamente. Bonati expone al respecto que “(...) eso fue lo que aprendimos a hacer, o sea trabajar dentro del lenguaje de otros, cosa que no es fácil, porque no estamos diseñados para eso, no estamos enseñados para trabajar colectivamente.” (Entrevista, 2012). En el Taller la palabra hablada, desde la conversación informal hasta el traspaso de información cara a cara, es el medio principal a través del cual se coordinan las acciones, pero además es la forma más eficaz, puesto que si surge algún problema respecto al trabajo “(...) podemos consultar a alguien de inmediato, discutirlo de cabo a rabo una y otra vez, mientras que cuando leemos una página escrita podemos discutir con nosotros mismos sobre lo que hemos leído, pero no tenemos la retroalimentación del Otro.” (Sennett, 2009: 221).

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